Historia en El Attelier: la vida de Diana Vreeland

Qué aburrido sería el mundo si, de vez en cuando, no apareciera un genio dispuesto a sacudir los cimientos de nuestras convicciones. La que fuera la editora de moda más famosa de la historia –con permiso de Anna Wintour– era fiel amante de la crema de cacahuete, el whisky y las noches de baile. Temida y venerada a partes iguales, la vida de Diana Vreeland es uno de esos capítulos del mundo de la moda que merece la pena recordar.

La vida de Diana Vreeland: sus orígenes

Nunca un lugar y una fecha de nacimiento fueron tan importantes como en el caso de Vreeland. París –no podía ser de otra manera- de 1903 en pleno periodo de la Belle Époque. El carácter vivaz, cultural y revolucionario de la época marcaría, casi de manera premonitoria, el de la joven hija de la socialité americana Emily Hoffman y el corredor de bolsa británico Frederick Young Dalziel.

A pesar de estar muy unida a su padre, a quién tachaba, con ese sentido del humor tan característico de la editora, de ser todo un inglés, la relación con su madre siempre fue distante. “Era una mujer muy guapa, salvaje, pero no congeniábamos”, admitía Vreeland en el documental La mirada educada (The eye has to travel). Considerada como la hija fea del matrimonio, este patito supo usar su personalidad, educación y gusto estético para realzar su propia belleza. Y vaya si se convirtió en cisne.

Siempre París

Tremendamente enamorada del ballet, comenzó a asistir a una escuela rusa especializada al mudarse a Nueva York con su familia. Durante los locos años veinte, Diana estaba decidida a cumplir el mayor de sus objetivos, ser la chica de moda de la ciudad. “Solo bailaba, no me importaba nada más”. Tras casarse con Thomas Reed Vreeland, el que sería su marido hasta que falleciera a causa del cáncer, y tener dos hijos, la pareja se trasladó a Londres.

“Lo mejor de Londres es París” decía Vreeland en el documental de Vimeo. Fue durante esos años que conoció a personalidades como Coco Chanel o Cecil Beaton, e incluso abrió su propia tienda de lencería. Cuenta que le vendió 39 conjuntos de noche a Wallis Simpson, la mujer por la que Eduardo VIII de Inglaterra abdicaría del trono y cambiaría el curso de toda la monarquía británica. Un auténtico escándalo en aquellos tiempos.

De vuelta a Nueva York, el principio de todo

En 1935 la familia Vreeland regresa a la Gran Manzana y Diana comienza a sentir su incansable fascinación por el mundo laboral. “El dinero es vital”, decía, “si piensas diferente es que estás loco”. Fue en una de sus veladas en un club de la ciudad cuando Carmel Snow, editor de Harper’s Bazaar, la vio deslumbrando con su estilo -iba de Chanel- y decidió ofrecerle un puesto en la revista. Ante la petición, una sorprendida Vreeland admitió que jamás había tenido un empleo y Snow le contestó con la célebre frase Why don’t you try? (¿por qué no lo intentas?) que daría paso a la columna más famosa del mundo de la moda.

Durante los años siguientes, enmarcados en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el a priori superficial espacio redactado por Diana se tradujo en el éxito más absoluto. Y así nació la leyenda, animando a las lectoras a desempolvar sus armarios y deshacerse de algún que otro pensamiento pasado de moda. Esas píldoras alejadas del horror de la guerra animaban a las mujeres a probar combinaciones diferentes, arriesgar con los complementos e incluso abrir sus hijos al mundo. Toda una oda a la evasión.

Entre sus hazañas como editora consolidada destaca el descubrimiento de Lauren Bacall, de la que diría que era imposible sacar una foto mala, su amistad con Marisa Berenson o el tándem creativo que formaría junto al fotógrafo Richard Avedon. De los norteamericanos destacaba su poco gusto y nulo interés en el arte del vestir; salvo en el caso de los Kennedy. La Primera Dama contactó con ella para pedirle consejo poco antes de que su marido resultara electo como Presidente de los Estados Unidos.

Y entonces llegaron Vogue y el Met

En 1963 se marcha a Vogue para explorar el auge de las minifaldas, la locura espacial y la indumentaria hippie. Para la cabecera uniría fuerzas con David Bailey, Veruschka, Penelope Tree o Twiggy. Ocho años más tarde, y con un despido bajo el brazo, la vida de Diana Vreeland volvía a dar un vuelco. Se convirtía en consultora del Instituto de vestuario del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (Met). Sus colegas dirían de ella que durante las doce exposiciones que organizó, si bien se alejaba del rigor histórico, era capaz de captar como nadie la idea latente de la época homenajeada.

Finalmente falleció en 1989, a los 85 años por culpa de un ataque al corazón. Eterna e inmortal, la historia la recordará para siempre atrincherada en su cuarto de baño -se decía que la bañera era su despacho personal-, con una copa de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra.

El Attelier Magazine

Marina Asins

Onírica y textual. Puedes encontrarme aquí y en Instagram como @marinaasins.

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